Ese fue el día en el que me dijiste vámonos, no lleves nada, no necesitas nada. Llevaba el vestido rojo de lunares que tanto te gustaba; a la rodilla, ceñido un poco a la cintura. Recuerdo que sonreía al ritmo de tu mano, cómo graciosamente subía y bajaba con nuestro andar parejito. Notabas que sonreía y me apretabas un poco más a ti, mi corazón cosquilleaba.
Bajamos por una veredita que nos conducía a la playa. De cada lado había flores de colores, yo me detenía cada que veía alguna brillante. Bueno, me detenía en todas las flores, todas brillaban, creo que eras tú. Las pequeñas podían sentir tus ojos, te coqueteaban, peleaban por tu brillo, te lo agradecían.
Al fin pude dejar las flores, si no fuera porque las quiero tanto las hubiera arrancado toditas, entonces dijiste que lo mejor sería que al regresar estarían esperándonos. Besé tu cuello y me acurruqué en ti, ya resplandecía nuestro mar.
La arena me quitó las sandalias, mis pies la saludaron contentos de verla otra vez. Nos recibió jubilosa, incluso nos dibujó un camino. Pasamos entre castillos, algunos erguidos y otros derribados. También vimos una ballena, nos guiñó un ojo, como el cangrejo. Pero no se detengan, nos dijo, que ya casi llegan.
Terminó el dibujo del camino. La arena hizo una reverencia chistosa y con sus brazos adornados de conchitas nos presentó. Es de verdad, ya están aquí, sin traer nada, sin necesitar nada.
Callamos, tampoco era necesario hablar, sentimos nuestras manos apretándose y reconociéndose una vez más. Caminamos despacio y dejando que nos tocara, dijiste, hola, orilla.
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